Una de las versiones sobre el origen de la calçotada más comúnmente aceptadas afirma que su descubrimiento se debe a Xat de Benaiges, un campesino de finales del siglo XIX de la zona de Valls (Provincia de Tarragona), que por descuido, preparó a la brasa unas «cebollas» que sobrecalentó. Se quemaron todas por la parte exterior y, en lugar de tirarlas, peló las capas más externas quemadas, descubriendo que su interior estaba muy tierno y sabroso.

Los calçots comenzaron a popularizarse a partir de mediados del siglo pasado y con el paso de los años, la calçotada se ha convertido en una comida típica de la comarca del Alt Camp.

Los bulbos de los calçots se obtienen a partir de la siembra de semillas. Las semillas se plantan a finales de invierno, se trasplantan los cebollinos en primavera y se recogen los bulbos en verano. A mediados de septiembre se vuelven a plantar los bulbos en tierra y según crecen se van calzando, es decir, cubriendo con tierra para que queden blancos y finalmente recogerlos entre los meses de noviembre hasta abril.

Los calçots se asan a las llamas de sarmientos y se acompañan con salvitxada (salsa parecida al conocido romesco). Posteriormente la calçotada se completa con carnes a la brasa, verduras y alubias salteadas.

El 25 de septiembre de 2001 fue aprobada la Indicación Geográfica Protegida (IGP) “Calçot de Valls”, distintivo de calidad establecido por la Unión Europea que garantiza la calidad excepcional de ciertos productos por su método de producción, aptos para el deleite de los paladares más exigentes. El área de producción de la IGP “Calçot de Valls” comprende las comarcas del Alt Camp, el Baix Camp, el Tarragonés y el Baix Penedés.

Actualmente, la calçotada representa mucho más que una comida típica catalana. Es la unión de amigos y familias, de reír y compartir en armonía, disfrutando de un gran día de invierno, acariciando el calor del fuego y saboreando los productos de nuestra tierra.

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